“Malas hierbas”, un mundo fascinante que no hace alusión a su nombre


El término “malas hierbas” se utiliza habitualmente para referirse a aquellas plantas que crecen en un lugar en el que no se desea que crezcan. Sin embargo, las malas hierbas no existen, ni son perjudiciales para el medio ambiente ni para las personas.

Las plantas consideradas como “malas hierbas” son de lo más diversas, de hecho, existen unas 300 entre las más habituales de encontrar, y algunas de estas plantas se encuentran en peligro de extinción debido a la persecución a la que se han visto sometidas.

Generalmente se trata de plantas herbáceas, resistentes, las cuales crecen con rapidez y en su mayoría son anuales, contando con facilidad para propagarse, por lo que en algunos casos pueden interferir en el rendimiento de los cultivos (compitiendo por la luz, el agua y los nutrientes), y esta es la principal razón por la que se arrancan.

En ocasiones, la planta que en una región se considera “mala hierba” no lo es en otra. Es el caso de la poinsettia (Euphorbia pulcherrima), que en México crece de forma silvestre y se considera “mala hierba” y en España se emplea como planta ornamental en la temporada navideña.

Hoy queremos hablaros de algunas de ellas, dejando patente que este término peyorativo no se corresponde con la realidad de estas plantas que pueden ser muy útiles y decorativas.

El Jaramago (Capsella bursa pastoris) o la acedera (Rumex acetosa), por ejemplo, son plantas capaces de absorber grandes cantidades de metales pesados como plomo, cinc o cobre, retirándolos así del medio.

Otras plantas consideradas “malas hierbas”, cuentan con importantes propiedades medicinales. Algunos ejemplos de ello son el cardo mariano (Silybum marianum), que mejora la función hepática, o el diente de león (Taraxacum officinale), una planta rica en calcio y vitamina C que protege los huesos del deterioro causado por la edad, así como estimular la producción de insulina en personas diabéticas.

Otras pueden incrementar la fertilidad del suelo, proporcionándole una cobertura y evitando de este modo la erosión del mismo, y es que una población equilibrada de estas plantas puede ser beneficiosa, proporcionando un microclima favorable y beneficiando la actividad biológica del suelo con la actividad de sus raíces.

Muchas de ellas atraen también a los insectos polinizadores y promueven el control biológico de los cultivos a través de la gestión integrada de plagas. Un ejemplo es la borraja (Borago officinalis), que ahuyenta orugas como la de la col o la del tomate, o la hierba gatera (Nepeta cataria), que ahuyenta a las chinches de las calabazas y previene los ataques del escarabajo de la patata.

Por último, muchas de estas plantas son también comestibles y pueden enriquecer enormemente algunos platos. El hinojo (Foeniculum vulgare) es una de ellas, el cual, al ser fibroso, debe de cortarse en trocitos muy pequeños y se mezcla como ingrediente en multitud de guisos, o el enebro (Juniperus communis), una planta ideal para condimentar carnes.

Es conveniente distinguir también entre “mala hierba” y planta invasora. Las plantas invasoras son especies exóticas que, al expandirse (de forma natural o artificial), pueden acabar en territorios en los que perjudican a la flora autóctona. Algunas plantas invasoras son consideradas malas hierbas, pero eso no implica que todas las malas hierbas sean invasoras.

La buena noticia es que estas plantas están perdiendo poco a poco su connotación peyorativa de “mala hierba”, de forma que algunos países como Alemania protegen aquellas hierbas que se encuentran en los márgenes de los cultivos y que se encuentran en peligro de extinción.

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